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Los AladosSi mis demonios me abandonan, temo que también mis ángeles se marchen (Rilke)
De una niña a su ángelÁngel pintado por una niña de 4 años
Los ángeles corren peligro en el mundo de los humanos.
No se puede ser ángel sin corazón.
El corazón es una máquina cortadora de alas.
Un ángel sin alas no es un ángel.
Los niños siempre pintamos ángeles.
Quizá queremos atraparlos en el block de dibujo
porque sabemos que se irán.
Los niños siempre fuimos más listos que los adultos,
tal vez porque aún conservamos nuestras alas
y sabemos las reglas del juego.
Ser ángel es andar entre muros.
Los ángeles siempre andan solos
para que no se les enreden sus alas
y acaben cayendo.
Es probable que todos seamos ángeles
con las alas enredadas.
Mis alas se enredaron con las de mi mamá
y con las de mi papá
y con las de mis hermanos y hermanas
y con las de otras personas también.
Desenredar las alas duele
como cuando en el salón, la peluquera
te quita los nudos del pelo, con peine finito,
sin acondicionador.
Pero también pone triste
como cuando desenredas tu cadenita de bautismo
que te regaló tu abuelita
y se rompe en el intento.
Y duele como cuando se termina el año escolar
y sabes que tu mejor amigo cambiará de colegio
y ya no lo verás más.
Los ángeles siempre andan entre muros.
Un ángel sin corazón no es un ángel.
El corazón es una máquina cortadora de alas.
Un ángel sin alas ya no es un ángel.
Los ángeles siempre andan solos
para seguir siendo ángeles.
El hombre que amaba los espacios sagradosMatías era un arquitecto peculiar. No le gustaba dibujar sus planos en computadora, ni andar en automóvil, ni usar un teléfono celular, o tener una pantalla gigantezca de televisión en su casa. Además, era muy muy delgado. Tan delgado, que si te prestara su suéter, no cabrías en él, aunque tengas cinco o siete años. Tal vez era así porque su gran genialidad consistía en diseñar espacios muy honestos, sencillos, sin cosas o formas rebuscadas. O tal vez era así porque cuando era niño su casa era un hervidero de sonidos, ideas y texturas. Matías vivía con sus dos padres y sus siete hermanos mayores. Y cada uno de ellos tenía diferentes creencias religiosas.
Matías era un arquitecto especialista en diseñar espacios sagrados. Tal vez porque desde pequeño disfrutaba con su mamá las ceremonias de la misa; con su papá los sonidos antiguos en la sinagoga; con su hermano Brizna-de-té la naturaleza protectora; con su hermana Carmen la paz del ashram... y con sus otros hermanos las diferentes maneras de sentirse en armonía en un templo zen, una mezquita, un jinja...
Matías amaba los espacios sagrados. Y sin embargo, no sabía si creía en algún dios o no. Tal vez por no darle la razón a nadie de su familia por encima de los demás. Sin embargo, cuando se volvió arquitecto, gente de las diferentes religiones venía a él para que les hiciera capillas, oratorios, templos, monumentos... todo lo que él diseñaba, llamaba a la paz, la armonía, la protección, la atención en algo más grande que uno mismo.
Una vez se reunió un grupo de personas de muchas religiones distintas, que querían construir un lugar para el encuentro entre hombres de buena voluntad. Decidieron pedirle a Matías que les construyera un recinto en que personas de cualquier creencia se sintieran cómodas para orar en sus propios términos. Matías se emocionó con el proyecto: decidió que sería su obra máxima. Dedicó muchos meses a dibujar idea tras idea, emborronando, tachando, rompiendo grandes pliegos de papel.
Finalmente, enfermo de tanto trabajar, logró un espacio que le convencía. Aunque eran las seis de la mañana y el viento soplaba fuertemente, Matías decidió llevar los planos en ese mismo momento ante quienes le habían encargado el trabajo. Tenía que atravesar una gran extensión de tierra yerma, pero era tal su alegría que ni siquiera lo pensó. Metió todos los planos en un gran tubo de plástico, y salió de su oficina.
A la mitad del camino, se soltó una gran lluvia, y tras la lluvia una ventisca. Entre el aguanieve, algo increíble: una mujer, con tan solo un vestido ligero y algo en los brazos, tratando de avanzar contra el viento. Matías corrió trabajosamente hacia ella y notó que en sus brazos llevaba un bebé con ropa muy ligera también. Matías se espantó. Ahora la nieve caía espesa, y ellos no podrían avanzar a velocidad suficiente a ningún refugio. La mujer y el niño se estaban poniendo azules, al igual que Matías. Había una gran piedra en medio del campo. Matías ayudó a la mujer a caminar hasta ahí, pero ya que se encontraban los tres muy juntos, sentados a sotavento, Matías se dio cuenta de que la piedra sólo les ofrecía un lugar para morir de frío, no un refugio. El bebé tenía una naricita encantadora, pero tan azul...
De pronto, Matías recordó sus planos. Casi con alegría, abrió el tubo de plástico y con dedicación colocó cada pliego gigantezco de papel alrededor de la mujer, el niño y él mismo. La recta pared de piedra y el papel curvado formaron una especie de letra D, en cuyo interior empezaban a calentarse poco a poco Matías y sus protegidos. Para no quedarse dormida, la mujer le contó que llevaba a su hijo a casa de su hermana, pues ella tenía que salir a trabajar como afanadora, para ganar el pan de ambos.
Unas horas después, el sol de media mañana empezó a derretir la nieve. Matías se atrevió a sacar la cara fuera de los papeles, y con un grito de triunfo notó que el aire estaba caldeado. Por reflejo, Matías suspiró "Bendito sea Dios". La mujer, suavemente, no queriendo contradecirlo, pero convencida, replicó "No hay dios. Pero hay hombres compasivos como tú". La mujer y su hijo continuaron su camino, agradeciéndole mucho la capa y la cobija que él improvisó con los planos sobre la espalda de ella, y alrededor del niño.
Matías volvió a su despacho, ya sin papeles que mostrar al grupo de personas de muchas religiones, pensando en lo que le había ocurrido.
Tal vez no creas esto que cuento, pero si vas a aquella ciudad, verás una hermosa construcción, rodeada de jardines, en que destaca el contraste entre la inmensa pared del fondo, de granito sólido y la curveada estructura que inicia y vuelve en torno a ella, de ligero papel de arroz y madera. Cuando uno entra ahí, se siente sobrecogido. Las personas de distintas religiones están a gusto ahí. Dicen que sienten la presencia divina. No hay sillas, ni almohadones, ni esteras. No hay símbolos, no hay ritos, no hay nombres. Sólo una pequeña placa que indica el nombre del arquitecto agnóstico que lo construyó. Y una sonriente mujer que cuida de los jardines mientras ve crecer a su hijo.
Dian Cecht (El curandero) Cita con ÁngelesDesde los tiempos más remotos
Danzando un milenario rito
Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas.
Silvio Rodríguez
Fragmentado- Señor- dijo el Hombre-, he tratado de hacerlo bien. He amado, me he entregado, me he ganado el pan de los míos con el sudor de mi frente. Te he amado, alabado y glorificado cada día de mi vida. He intentado dar siempre lo mejor de mí. Me he repartido entre quienes me han necesitado, como tú repartiste tu cuerpo y tu sangre (perdona la comparación, pobre y mundana, es que soy un vulgar humano corto de entendimiento).
- ¿Y qué?
- No los pude hacer felices, ¿sabes? Puedo sentirlo en mi propia infelicidad, en mi propia soledad, en este eterno sinlugar, en los golpes, en sus ironías, en sus burlas y desprecios y sobre todo, en su indiferencia. Todo ha sido inútil.
-¿Y qué esperabas, mijo?
El hombre hizo silencio. Su voz interior quería gritar "un poco de amor, sólo eso. Un poco de amor, Señor", pero no se atrevió. Por su mente desfilaron entonces las imágenes de aquel hombre de Nazareth ensangrentado, desnudo, torturado, colgando de una cruz en medio de las risas y de la más repugnante humillación. Avergonzado de sí, bajó los ojos anegados en lágrimas, la mano en medio de su pecho trataba de contener desesperadamente un punzante dolor que le partía en dos el corazón y cerraba su garganta. Se hincó delante del Anciano y murmuró con voz infantil, casi disculpándose:
- Es que me siento fragmentado, Señor, completamente roto.
El viejo sonrió, le tomó de los hombros y lo levantó hasta ponerlo en pie. Sacó del bolsillo de su blanca túnica una piedra de apariencia áspera, fea y ovoide. Se la puso delante de los ojos y la partió en dos diciendo:
- Sólo rota, la geoda puede DAR lo mejor de sí.
Irena Sendler: La madre de los niños del holocausto
Mientras la figura de Oscar Schindler era aclamada por el mundo gracias a Steven Spielberg, quien se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete premios Oscar en 1993, narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1,000 judios en los campos de concentración, Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia y apenas reconocida en su país por algunos historiadores, ya que los años de oscurantismo comunista habían borrado su hazaña de los libros oficiales de historia. Además ella nunca contó a nadie nada de su vida durante aquellos años. Sin embargo, en 1999 su historia empezó a conocerse, curiosamente, gracias a un grupo de alumnos de un instituto de Kansas y a su trabajo de final de curso sobre los héroes del Holocausto. En su investigación consiguieron muy pocas referencias sobre Irena. Sólo había un dato sorprendente: había salvado la vida de 2,500 niños. Cómo es posible que apenas hubiese información sobre una persona así? La gran sorpresa llegó cuando tras buscar el lugar de la tumba de Irena, descubrieron que no existía dicha tumba, porque ella aún vivía, …y de hecho todavía vive…Hoy es una anciana de 97 años que reside en un asilo del centro de Varsovia, en una habitación donde nunca faltan ramos de flores y tarjetas de agradecimiento procedentes del mundo entero.
Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, el cual manejaba los comedores comunitarios de la ciudad.
En 1942 los nazis crearon un ghetto en Varsovia. Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos. Consiguió identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Como los alemanes invasores tenían miedo de una posible epidemia de tifus, permitían que los polacos controlaran el recinto. Pronto se puso en contacto con familias a las que les ofreció llevar a sus hijos fuera del ghetto…
Pero no les podía dar garantías de éxito. Era un momento horroroso, debía convencer a los padres de que le entregaran sus hijos, y ellos le preguntaban: "Puedes prometerme que mi niño vivirá…?" …pero qué podía alguien prometer cuándo ni siquiera se sabía si lograrían salir del ghetto?
Lo único cierto era que los niños morirían si permanecían en él.
Las madres y las abuelas no querían desprenderse de sus hijos y nietos. Irena las entendía perfectamente, pues ella misma era madre, y sabía perfectamente que, de todo el proceso que ella llevaba a cabo con los niños, el momento más duro era el de la separación. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerlas cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte. Cada vez que le ocurría algo así, luchaba con más fuerza por salvar a más niños. Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos y sacarlos de allí: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes... en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos con firmas falsificadas dándole identidades temporarias a los niños judíos. Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba solamente mantener a esos niños con vida. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales, sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos en pequeños trozos de papel y los guardaba dentro de botes de conserva que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado de 2,500 niños… hasta que los nazis se marcharon. Pero un día los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979, en que se deshizo de élla y se la obsequió a Juan Pablo II. Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos.Le rompieron los pies y las piernas además de imponerle innumerables torturas. Sin embargo nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió, porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba, la dejó escapar. La resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando, pero con una identidad falsa. Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2,500 niños que colocó con familias adoptivas. Los reunió con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría había perdido a sus familiares en los campos de concentración nazis.
Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Años más tarde, su historia apareció en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara… soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…”
Irena tiene en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos.
Su padre un médico, que falleció de tifus cuando ella era todavía pequeña, le inculcó lo siguiente: “Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o nacionalidad. Ayudar cada día a alguien tiene que ser una necesidad que salga del corazón”.
Irena Sendler lleva años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastra tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se considera una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. Siempre que se le pregunta sobre el tema, Irena dice:
"Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera."
Texto tomado de una presentación Power Point recibida por correo electrónico.
El último TemorPara Pablo. La determinación de alcanzar un nivel de perfeccionamiento superior al de sus contemporáneos le hizo estudiar a fondo, dedicándose totalmente a cada arte marcial que estuvo a su alcance. Pasado el tiempo, comprendió la escencia común de todas ellas, y logro unificarlas armoniosamente. Pero no era suficiente. Ya antes se había hecho. Así que decidió retar a cada gran maestro que se encontrara, y perder o ganar, pero siempre aprender la lección. Se acercó a cada dojo prestigioso a pedir humildemente al maestro del mismo que le concediera un breve combate, en plan amistoso, para mejorar sus habilidades. A veces, vencía con facilidad al maestro de ese dojo. En esos casos, procuraba hacer evidente que había tenido suerte, o que el maestro lo había dejado ganar porque era muy compasivo. En otras ocasiones, le costaba trabajo vencer, y su respeto no tenía límites al agradecer al maestro la valiosa lección. Pero lo que más le gustaba era cuando era derrotado. Se levantaba, agradecía profundamente al maestro la lección y se iba a meditar durante varios días, recreando en su mente quieta el intercambio de movimientos y energías hasta el mínimo detalle, tratando de entender lo que había sucedido, tratando de mejorar lo que había fallado. Con este sencillo pero laborioso método, cada vez eran menos las veces que perdía. También notó que cada vez tenía menos miedo al dolor, a morir, al ridículo, a sufrir deshonor. Hasta que sólo había un maestro que se le resistía. Era un maestro que aparecía en sus sueños, con la claridad y la consistencia de algo que no es realmente un sueño, sino una lección interna. El maestro siempre estaba sentado, lleno de paz, en un rincón de una caverna. Cuando, enojado, el soñador pedía al maestro su nombre para invitarlo a combatir, el maestro contestaba invariablemente que daría su nombre sólo cuando fuera derrotado. Seguía un intrincado combate. Las cosas parecían igualadas al principio, pero tras unos segundos, era claro que la técnica del maestro era superior, y nuestro sistemático guerrero caía por tierra, agradeciendo con cada fibra de su ser la lección recibida. Al despertar, el guerrero, enfebrecido, meditaba muchos días seguidos, tratando de comprender, pero entendiendo muy poco sobre cada movimiento del maestro. No entendía por qué perdía. Era evidente que el maestro no era más veloz que el guerrero. Tampoco conocía movimientos que el guerrero no, ni tenía más flexibilidad o equilibrio. Tras varios años de soñar/meditar, intentar vencer de nuevo, caer por tierra y valorar lo sucedido, el guerrero consideró que era él mismo quien se dejaba vencer. Dedujo que el maestro de la caverna debería ser un último miedo al que vencer, una pared interna. Esa noche, derrotó al maestro. Esa noche, supo que el nombre del maestro era Kūkyo. Nuestro guerrero supo que la falta de sentido en la vida era su último temor. Al día siguiente dejó de cultivar su tan amada perfección, y se dedicó a ayudar a los demás. Y fue inmensamente feliz.
Imagen: InuYasha episodio 4. Cuando los ángeles se vanEl viento de la tarde entre los árboles trae canciones de lejos, a veces de muy lejos. Si afinas tu oído puedes percibir el canto de algún ángel. No siempre son alegres los cantos de los ángeles. A veces son tristes. A veces se escuchan puertas azotadas y algún grito. A veces los ángeles tienen que ser duros. A veces... se van en medio de la guerra, porque la guerra no es suya. Porque los ángeles siempre se van, siempre se van...
Y en medio de los gritos y los disparos ellos cantan canciones de despedida.
Hoy me pesan las alas,
mi niño -canta el ángel-.
Tus reproches
son plomo hirviente.
Quieres que te cargue
en brazos sobre minas.
Te he dado el mapa,
voy a tu espalda,
pero no puedo andar por ti.
No sé si sabes que nosotros
también tenemos una vida,
no exactamente celestial
y a veces
necesitamos de otro
como nos para guiarnos.
Es una larga cadena de toques
- breves toques-
que debe ser entendida...
Me pesan hoy las alas mojadas
de tu incompresión.
No pongas en mí una cuota
mayor de tu esperanza,
pesa demasiado.
No puedo hacer más por ti de lo que hago.
No estoy escrito en las palmas de tu mano.
Mi nombre no se lee en la borra de tu café,
no soy yo quien mecerá tu columpio,
no es esa mi misión contigo...
Lo sé, lo sé, sé qué me dirás,
a mí también me duele
- o quiero que creas que me duele,
eso lo que esperas que diga-.
Nadie dijo que era fácil.
Quita los brazos de entorno a mi cintura,
no te aferres a mis piernas
que ya debo marcharme
y tú tienes que volar.
Y a veces, se escuchan canciones en respuesta a sus cantos.
Perdóname -dicen algunas-.
Vete y no regreses nunca,
nunca, nunca, nunca,
no me recuerdes,
no anotes mi nombre en tu libreta
ya Dios lo hizo
tomó nota
de todo lo que hiciste.
Vete ya y no me cantes
vete ya.
Debe haber mundos mejores
destinados a ti.
Y a veces, muchas veces, terminan estos cantos así:
Gracias!!
Cuentan aquellos que han sido tocados por un ángel, que cuando los ángeles se van, queda un dolor igualito al que tenían cuando el ángel apareció a rescatarlos. Porque también se dice que nada es gratis en el mundo... El valor de una persona.-Ya casi acabamos la entrevista, Señor. Sólo una pregunta más.
-Adelante- dijo Dios cruzando la pierna y acomodándose en la silla.
-¿Cuál es el valor que das a un ser humano? ¿Cuánto vale para ti?
-Mis ángeles son creaturas maravillosas. Ellos pueden partir una pared de granito con el toque de un dedo, dar muerte con el sonido de su voz, pueden llegar al fondo de los océanos y a lo alto de los cielos. Mis ángeles tienen la gloria eterna, y resplandecen en cada uno de sus actos.
-Yo te pregunté sobre los hombres, y tú me hablas de lo maravillosos que son tus ángeles... me queda claro que valemos tan poco para ti, que ni siquiera somos dignos de ser mencionados en la respuesta a una pregunta sobre nuestra valía.
-¡Au contraire!- dijo él, alegre, mientras encendía su pipa. -Lo que te estoy diciendo es que los ángeles son tan maravillosos, tan llenos de poder y gloria, y sin embargo, yo les he mandado que los cuiden a ustedes, mi creación más amada. Ángel recuperadoDe nuestro album de niños desaparecidos alrededor del mundo, hemos recibido la buena nueva, por parte de Proyecto Ángeles, de
que esta preciosa beba mexicana, de nombre Catherine Juliette García Martínez ha sido recuperada
y se encuentra con su familia.
Alabado sea Dios (cualquiera sea el nombre que tú le des) y una oración porque el resto de estos angelitos corra con la misma suerte. Amén Estos niños continúan perdidos
¿Los ángeles se van?Era una de esas madrugadas en que Brigitte no conciliaba el sueño y salió a caminar como tantas veces por los bosques, a respirar el místico silencio de la noche. Al acercarse a la tienda de Diancecht, el curandero, notó que él también estaba despierto y se acercó. Al sentir sus pasos, Diancecht, sin voltear siquiera la cabeza, colocó una taza más en la mesa , sirvió el té y le dijo:
- Pasa, Dana. Sabía que vendrías esta noche. ¿Quieres hablar?
- Diancecht, ¿por qué todos se van?
- ¿A qué te refieres con todos?
- Se van los abuelos y los padres, a veces sobrevivimos a nuestros hijos, se van los amigos y también los hermanos. Todos, Diancecht, todos se van.
- Siempre quedarán los ángeles, Dana.
- Yo siento que tú eres un ángel.
- Todos lo somos alguna vez.
- ¿Tú también te irás, Diancecht? Dime. ¿Te irás? ¿Los ángeles también se van?-. Y como siempre que una pregunta se contestaba a sí misma, él no respondió.
Entonces, Diancecht se apartó de la lámpara, tomó a Brigitte por el brazo y la sacó de la tienda. Se internaron unos pasos en el bosque y allí le contó sobre los ángeles:
- Hay dos tipos de ángeles- dijo-. Los primeros son terribles, sus nombres deben ser pronunciados tres veces en el volumen más elevado que se pueda para hacer justicia a su magnificencia, atemoriza su poder, mayor que el del mayor entre los hombres, y siempre están con nosotros, pero no siempre podemos saberlo.
Existen también los ángeles piratas: no fueron concebidos como ángeles, pero lo son por derecho propio. Su poder es modesto: son pobres hombres y pobres mujeres. Sin embargo, su capacidad de dar es tan grande, que hacen mayores maravillas que los principales arcángeles.
Éstos nos dejan alguna vez. Sí, Dana, lo hacen. Y al hacerlo, nos dejan un vacío, que muchas veces logramos llenar con musguito verde de las montañas, y pequeñas florecitas blancas. Siempre duele, pero siempre dejan tierra fértil para que hagamos crecer nuestras más hermosas acciones en su memoria.
Dios, por supuesto, se enteró de los ángeles piratas. Pero cuando vio que hacían el trabajo tan luminosamente como los poderosos campeones con alas, aunque con más dolor, decidió darles un nombramiento honorario, y se asombró de su propia obra.
- Entonces- dijo Brigitte-, ¿el abandono y el dolor son inevitables?-. Y como siempre que una pregunta se contestaba a sí misma, él no respondió.
Regresaron a la tienda de Diancecht, bebieron otra taza de té. Él se fue a dormir y Brigitte aguardó el amanecer con los ojos un poco más limpios y la mirada más clara, y aunque la idea de que el dolor y el abandono eran inevitables le pesó en el corazón, por alguna razón imprecisa se sintió un poco más libre a partir de entonces.
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Es para ti. No te vayas sin recibirlo.
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